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El bebé mulato

El bebé mulato

A la Asociación Sin Papeles de Madrid

A Hilga le perseguía una obsesión. Desde que se confirmara su embarazo y recibiera la sorprendente noticia de que lo que albergaba en su vientre eran dos garbancitos, y no sólo uno, como esperaría cualquier mujer embarazada, le acechaba la idea de que uno de aquellos dos embriones que crecían en su interior era mulato.

En realidad, no había ninguna posibilidad de que así fuera. Hace un año ya que había dejado su relación con Mamadou. Ay, cuánto había deseado un hijo de Mamadou. Pero él nunca quiso. El día en que se conocieron, él le había dicho: “he venido a Europa a tener hijos café con leche”. En aquel momento a ella le entró la risa. Sin embargo, cuando, tras año y medio de relación, ella retomó la fantasía para convertirla en una propuesta en firme de procreación, el “no” de Mamadou fue rotundo.

Al principio, Mamadou insistía sobre todo en que Hilga, de madre holandesa y padre andaluz, cristiana si no por fe, sí por educación, no podría criar a los hijos comunes en la fe islámica. Sí, Mamadou lo sabía bien, porque ya su padre se lo había advertido antes de partir: la travesía emprendida hacia Europa era un viaje de no retorno, del que ya nunca regresaría. Un tal Mamadou volvería a pisar tierra senegalesa, si dios lo quería, pero no sería el mismo Mamadou que partió. Pero una cosa era cambiar y otra directamente perder el rumbo: tener hijos no musulmanes equivalía para Mamadou al desarraigo más atroz. “Se necesitan algunas raíces para moverse por el mundo”, solía repetir. “Para moverse por el mundo y no enloquecer”, era el corolario. Los amagos de Hilga de convertirse a la fe islámica nunca fueron lo bastante convincentes como para hacerle cambiar de idea.

Muy pronto, al escollo de la religión, se sumó otro de cariz distinto: “No quiero que mis hijos crezcan en la discriminación”. No era fácil poner en duda que los hijos comunes, mulatos, lo tendrían difícil en Europa. En alguna noche de pasión, Hilga había convencido a Mamadou de que eso les haría más resistentes. Pero la vela de esperanza que así conseguía encender se apagaba de golpe con cada control policial: controles de papeles, controles de piel, controles de fenotipo que Mamadou presenciaba o sufría en carne propia y lo llenaban de rabia e impotencia; jarras de agua fría que abortaban el sueño de Hilga de acunar algún día a un Mamadoucito.

Es preciso reconocer que el empeño de Hilga iba más allá de su amor por Mamadou: tenía ya 38 años y no quería que se le pasara el arroz. Ya había esperado demasiado para ser madre y no iba a esperar más, o no lo sería nunca. Entre presiones y negativas, entre súplicas y esperas, la relación entre Hilga y Mamadou se fue deteriorando, hasta que un buen día Mamadou empaquetó sus cosas y se fue. Un poco por accidente, un poco por calculada despreocupación, Hilga acabó embarazándose un año más tarde de aquella ruptura. Pero no de un hombre negro, sino de un australiano, estudiante de bioquímica, que pasaba por allí. Típico accidente bienaventurado que había regalado a Hilga no uno, sino dos bebés: su deseo de maternidad desbocado había puesto generosos los cuerpos.

De que el responsable de su embarazo era Johan no había ninguna duda: era la única persona con la que Hilga había tenido relaciones sexuales sin protección antes de su primera falta. Entonces, ¿de dónde venía aquella obsesión por que al menos uno de sus bebés era mulato? Hilga no lo sabía, pero lo cierto es que lo invadía todo: el bebé mulato no sólo la asaltaba a ella cada vez que dejaba que su mente divagara libremente, sino que se aparecía en los sueños de los más cercanos. En su tercer mes de embarazo, Malik vino a contarle que había soñado que uno de sus bebés era “café con leche”. Como lo soñaba el recién llegado Mamadou, pensó ella, antes de que la dureza de la travesía del sin papeles le hiciera cambiar de idea. También su tía paterna había tenido un sueño de extrañas mezclas: estaba en el paritorio junto con su madre y la enfermera les traía entre sábanas un bebé, moreno como los granos del café antes de tostar. Era el tercer bebé, el último en salir después de un larguísimo trabajo de parto, de 24 horas: las dos primeras eran dos niñas, blancas como la leche. En el sueño de su tía, su madre había escondido al bebé mulato, susurrando cómplice: “Hilga no se ha dado cuenta. Con dos tiene bastante y mejor las blanquitas”.

Hasta tal punto le asediaba la idea que un día preguntó a su ginecólogo: “Oiga, ¿en las ecografías se puede ver el color de los bebés?”. El médico la miró estupefacto: “¿Que si se puede ver el qué?”. Hilga se ruborizó y no volvió a preguntar. En otra ocasión, armándose de valor, le había insinuado que tenía la sospecha de que sus bebés podían ser de dos padres diferentes. El doctor no pareció escandalizarse lo más mínimo. Con frialdad médica, le contestó que si bien era biológicamente posible, en su caso, el tamaño idéntico de los embriones desde la primera ecografía desechaba casi por completo tal posibilidad, a menos que hubiera tenido dos relaciones en la misma noche. Sin duda, más allá del mundo de las fantasías y los sueños, su ginecólogo estaba totalmente en lo cierto. Descartando la inmaculada concepción por envío express de espermatozoides de Mamadou, Malik u otro amigo o amante pasado o presente, el único padre posible de las criaturas de Hilga era aquel aspirante a bioquímico cuyo rostro, de un blanco lácteo, no hacía sospechar ninguna línea genealógica de mezclas o cruces.

A pesar del creciente peso de su barriga, Hilga había pasado un muy buen embarazo. Hasta el último momento, se había paseado orgullosa con su bombo de bimadre, desoyendo las advertencias de Malik: “La gente comenta de tu barriga y eso trae mala suerte”. En la semana 41, bien entrada la madrugada, se puso de parto. Las largas horas de dolorosas contracciones no le hicieron olvidar la fantasía que la asediaba. Lo primero que miró cuando vio a sus dos bebés fue el color de su piel. Sin embargo, no cabía la menor duda: no corría sangre africana por las venas de aquellas dos niñas de rostro pálido. En ese mismo momento, las bautizó: Oliva, por las tierras andaluzas de su infancia, y Jana, por la fría Holanda, tierra natal de su madre.

Meses después de haber parido, aún se despertaba sobresaltada con la sensación de seguir embarazada. Con un escalofrío recorriéndole la espalda, se tocaba la barriga y, tras comprobar que, sin ser lisa, desde luego no tenía ni el tamaño ni la tersura de la preñez, miraba a su alrededor. Allí, a su lado, Jana y Oliva dormían profundamente: no había duda de que las había parido. La visión de aquellos dos cuerpecitos abandonados al sueño iba tranquilizando su respiración. Con la mano todavía en el vientre, o sobre la espalda de alguna de sus dos hijas, volvía a caer dormida, preguntándose por el significado de aquel sueño insistente: ¿sería el bebé mulato, no nacido, que seguía habitando su vientre?

Trece años más tarde, el mismo día de su cumpleaños, Jana, la segunda de las dos mellizas de Hilga, se despertó negra. Abrió los ojos, se miró la piel y era del color del café caliente. Desde pequeña, cuando acompañaba a su madre a comisaría para preguntar por Malik, detenido por no tener papeles, había aprendido que, en Europa, los que son negros lo tienen más difícil. Sin embargo, no acababa de ver aquel cambio repentino de su piel como un mal augurio. De hecho, no sabía cómo interpretarlo. Sin pensarlo más veces, fue corriendo a la cama de su madre, quien, tras mirarla incrédula, despertó a Ramata, en la habitación de al lado.

Ramata y Hilga se conocían desde la época en que Hilga era novia de Mamadou y soñaba con tener un hijo suyo. La convivencia había comenzado un año atrás, cuando Ramata había dejado a su marido, australiano como el padre biológico de Oliva y Jana, por su alcoholismo reiterado. Pese a la profunda amistad que unía a ambas mujeres, el día a día estaba lleno de altibajos. No obstante, en lo básico, la cooperación fluía y, en las situaciones difíciles, Hilga confiaba con fe ciega en los consejos de la senegalesa.

Con la ayuda de Ramata, Hilga preparó un baño y frotó el cuerpo entero de Jana, primero con la mano, después con una esponja de crin. Los esfuerzos fueron en vano: el color de la piel de Jana seguía siendo oscuro y Ramata se atrevió a sugerir que no era el jabón lo que quitaba la negritud. Tras una segunda y tercera inspección del cuerpo de la niña púber, propuso que fueran al médico de urgencias. Estaban aún en la sala de espera, las tres sentadas en hilera y en silencio, cuando de golpe Hilga miró a su hija, a continuación a Ramata, y después rompió a reír, primero bajito, como conteniéndose, luego a carcajadas: carcajadas en cascada, enormes. Ramata pronto se contagió: las dos mujeres se miraban y se reían, y volvían a mirarse y volvían a reírse. Finalmente Hilga se levantó y cogió la mano de su hija, “anda, vámonos”. Según se marchaban, todavía entre risas, Ramata musitó: “Todo se pega”. Aquel día Jana tuvo su primera menstruación.

by FtMt, en Madrid, a 25 de octubre de 2010.

Nota: El bebé mulato es un espectro que habita el inconsciente colectivo de los espacios de frontera como fantasía esquiva y no dicha. Es la manera que tiene el inconsciente de saltar las fronteras…