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Las buenas intenciones

Las buenas intenciones

Albert sentía desde muy joven fascinación por el mundo negro: los ritmos de Jamaica, los discursos de Malcolm X, las películas de Spike Lee, la revuelta de los mao-mao, el baobab y el puerto de pescadores de Saint-Louis… su imaginación siempre estuvo poblada de este tipo de imágenes, músicas y sabores. Hace cosa de un año conoció a Abdoulaye: solía pasar por delante de su manta, a las cuatro de la tarde, volviendo del trabajo, y le compraba algunos CDs. Entre sonrisas y monosílabos, fueron entablando una especie de amistad. “Especie” porque Abdoulaye apenas chapurreaba el castellano y el wolof del Albert no pasaba del jere jef.

Fue a través de Abdoulaye como Albert llegó al piso de la calle Ave María. Las tardes de fútbol y los banquetes de ceebu jen le dejaron encandilado y pronto se hizo un asiduo de aquel bajo de tres habitaciones donde vivían doce senegaleses de una pequeña localidad pesquera de la región de Thies. Piso patera, lo llamaba al principio. Luego, a medida que fue conociendo más a sus habitantes, lo bautizó como morada intestina: aquella casa que ayuda a los inmigrantes a digerir la experiencia migratoria y que vincula el lugar de origen con el lugar de llegada. De entre todos los habitantes de la casa, Albert conecta en particular con Bassirou: alto y elegante, extrovertido y locuaz, con un buen castellano y una inteligencia despierta. Conexión o enamoramiento, Albert y Bassirou conversan un día sí y otro también hasta altas horas de la noche.

Una mañana de invierno, de ésas que de puro gris espolean la imaginación, Albert tiene una idea: hará un vídeo sobre la casa, sobre sus habitantes, su historia, sus motivos para estar en Europa. Formado en la cultura del documental, los momentos que está viviendo en la morada intestina quedan registrados en su cabeza como secuencias de una película, que Albert rebobina una y otra vez: ¿por qué no pasarlas de su memoria a un soporte digital? Lo tiene claro: quiere hacer algo diferente, comprometido, no sólo en la temática sino en la manera de hacer. Esa misma madrugada, llama a Bassirou para contárselo. Bas se entusiasma con la idea. La noticia circula de habitación en habitación y también el brillo en los ojos: ¿nos haremos famosos? Hábil como es Albert en la gestión de contactos y proyectos, pronto consigue financiación para llevar la iniciativa adelante.

Albert graba escenas cotidianas en la casa, conversaciones en wolof, que luego Bassirou le traduce. Al final de cada jornada, rendido en la cama, sueña con las imágenes recogidas durante el día u, otras veces, aún despierto, se devana los sesos intentando resolver la cuestión de la luz, tan escasa en un bajo con diminutas ventanas que dan a un patio interior. Una noche, sus sueños se iluminan: sueña con la costa senegalesa, con la luz del Atlántico, con el color de la ropa de las mujeres recogiendo el pescado en la playa… imágenes que ha visto en internet, en otros documentales… Y toma una decisión: una parte del documental tiene que grabarse en Senegal. Tiene sentido: sólo así puede entenderse la experiencia migratoria, por qué se parte, por qué se aguantan tantas penurias y humillaciones en Europa. Este nuevo giro de la idea le permitirá incluso ayudar: invertir parte del dinero del documental para financiar un proyecto de trabajo en la localidad de origen, que haga que la gente joven no necesite inmigrar -“lo pasan tan mal aquí”, musita para sus adentros.

Para el viaje, necesita un guía, un enlace y traductor. ¿Quién si no Bassirou podría desempeñar mejor tal función? Bassirou no tiene papeles, como tampoco el resto de habitantes de la morada intestina, pero Albert cuenta con amigos en los lugares adecuados, así que, tras muchas gestiones, llamadas y papeleos, Bassirou pasa a ser un con-papeles. Antes de que termine la estación de lluvias en Senegal, Bassirou está abrazando a su mujer, a su madre, a sus hermanos. Le acompaña, por supuesto, Albert y, pasados los primeros días de euforia, celebración y reencuentros, ambos empiezan a establecer contactos y a dar forma al proyecto de cooperativa de trabajo.

En la morada intestina todos siguen sus movimientos cada día, hablando con familiares y amigos, que les cuentan del paso de la pareja por aquella casa, aquel taller, aquella asociación. ¿A quién decidirán favorecer Albert y Bassirou? ¿Qué proyecto pondrán en marcha y a quién apuntarán en su lista de elegidos?

El día de regreso del dúo no falta nadie en el bajo de la calle Ave María. Bassirou llega cansado y les pide que le dejen acostarse, que ya les contará al día siguiente. Nada más despertarse, Bassirou vuelve a encontrarse con las caras expectantes de todos sus compañeros de piso. Musita cuatro palabras y sale de la casa, para sorpresa de todos. Los días siguientes transcurren igual: expectativa por un lado, evasivas por otro. Los rumores crecen y corren: “¿por qué no nos cuenta cómo fue? El documental es de todos”. Las ansias por saber se convierten en tensión y desconfianza.

Una mañana cualquiera, un mes después del regreso de Senegal, Bassirou está en el baño, lavándose los dientes. Entra Dame, que le recrimina que no tape la pasta de dientes. Lo que no es más que un reproche doméstico, se convierte en una encendida discusión. Dame acusa a Bassirou de oportunista, Bassirou llama a Dame envidioso. De los gritos se pasa a las manos: con la boca embadurnada de pasta de dientes y de sangre sale Bassirou de la casa, maldiciendo contra todos. Será Albert quien compruebe que no ha perdido ningún diente. Para resarcirse, Bassirou cuelga un texto en el blog del documental, explicando el altercado: “Mis compañeros me acabaron pegando por envidia”.

Desde hace tres meses, el documental, titulado “la morada intestina”, por fin terminado, está de gira y Albert y Bassirou con él. La última vez que lo proyectaron, en la Sala Montcada de Barcelona, no había ni una sola butaca libre. En el debate posterior, Bassirou habla de su vida como inmigrante y la de sus compañeros, conmocionando con su relato en primera persona a gran parte de los asistentes. Albert ha presentado ya el documental a un par de concursos y parece que tienen grandes posibilidades de recibir algún premio. Cuando está en Madrid, Bassirou sigue viviendo en el bajo de la calle Ave María, pero casi no se habla con sus compañeros. Del proyecto de cooperativa de trabajo nadie parece saber nada.

by FtMt
Madrid, otoño de 2010