Pages Navigation Menu

El filosofastro

El filosofastro

En el pueblo de su padre le llamaban el finoli, pero en realidad venía de uno de esos barrios de bloques de ladrillo a medio terminar. No se sabe cuándo se aficionó a la lectura, si el único libro que había en su casa servía para calzar la estantería de fornica y en el cole tiraba tizas desde la fila de atrás. El caso es que sin salir de Madrid, a los 25 ya hablaba siete lenguas con fluidez, devoraba libros comprados en la Cuesta de Moyano y había profundizado en casi todas las materias.

No se sabe cómo se corrió la voz, pero la fauna que le buscaba era de lo más variopinto de la ciudad: la gitana que había abandonado a su grupo familiar para juntarse con los okupas, el estudiante de doctorado que peleaba con una tesis imposible, el chaval arrabalero de la casa de enfrente, el profesor de filosofía aburrido de la mortecina dinámica universitaria… ¿Le buscaban para qué? Para charlar. Para pensar. El filosofastro sabía escuchar y luego devolverte tres o cuatro perlas que te colocaban en un lugar totalmente nuevo y mucho más productivo.

Como pasaba las 24 horas del día leyendo y conversando, estaban también los que le llamaban vago, indolente, improductivo, pero es que ¿cómo no envidiarle? Todo aquello era demasiado irreverente, un auténtico desafío a la gravedad. Sin un contexto familiar intelectualizado, sin una posición académica establecida, aquel chaval había conquistado un lugar propio desde el que hacer filosofía y compartirla con otros.

 

Leave a Comment

Your email address will not be published.

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>