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La narradora de historias

La narradora de historias

No parecía vieja, pero había vivido tanto y en tantos lugares que muchos le calculaban 150 años. Cada revuelta, movimiento o grupo vivido, cada victoria o derrota, le había dejado una cana en el pelo: y tenía una larga cabellera, tan brillante, como blanca.

Creo que fue en aquel desahucio cuando me di cuenta por primera vez dónde residía su magnetismo. Estábamos todos en corro, en silencio. El grupo se había dividido, éramos pocos y estábamos tristes, y eso multiplicaba por diez nuestra sensación de acorralamiento. De golpe, como quien no quiere la cosa, ella empezó a contar una historia de otro tiempo, que aparentemente no tenía nada que ver. Pero, en algún momento que era difícil discernir, el entonces y el ahora empezaron a entrelazarse. Fue como si de golpe los personajes de su historia empezaran a hablarnos: así, en directo, en primera persona. Y lo que estábamos viviendo cobró un sentido, más allá del abatimiento.

Nada más lejos de la abuela cebolleta. Nunca contaba las mismas historias. Y hacía falta algo (normalmente una encrucijada, a veces una súplica colectiva) para que se lanzase a contar. Eran siempre historias breves y nunca nunca tenían moraleja. Solían interrumpirse a medias, no se sabe si dentro de una estrategia narrativa de suspense (“continuará…”) o porque las historias reales nunca tienen un cierre. Si llegabas a caer en la tentación de preguntarle “¿pero y qué paso al final?”, te respondía con un seco “no me acuerdo” o concluía con tres o cuatro frases totalmente inconcluyentes.