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La tuneadora

La tuneadora

Mirar de frente: un mundo. De espaldas, a lo lejos, otro. La distancia que media entre ambos se compone de desigualdad. Un abismo que recuerda a unos lo que no llegarán a ser, mientras que a otros les ahorra visiones incómodas, manteniéndolas a la distancia adecuada. Y eso a ella siempre le dolió.

Estar en el margen no es fácil. Es mujer contradictoria, fruto de la frontera, hecha de encrucijadas. Aunque también es cierto que siempre pudo cruzar de un lado a otro sin demasiados problemas, a diferencia de muchos de sus compañeros de juegos.

La tuneradora crece horizontalmente, su territorio no conoce vallas: se extiende allí hasta donde le llegue la fuerza. Pero no olvida sus raíces. No las olvida porque no quiere. Y porque duelen. Sabe que el futuro se juega en las fronteras y en las gentes fronterizas: sabe que la vida se crece en las fronteras.

Así que la tuneadora va y vuelve. Va, y siempre vuelve. Conecta territorios. Cada vez que la veo está cogiendo cosas, de aquí y de allá: ideas, tornillos, acontecimientos, trastos que la gente deshecha, palabras, engranajes…. los guarda en una caja de herramientas que heredó de su padre. Para algo habrán de servir, se dice siempre.

La tuneadora no para de hacer cosas, de experimentar, de recitar conjuros, de construir a partir de los restos que ha ido guardando, de abrir agujeros que se convierten en encuentros, de poner parches que luego desvíen la corriente de los acontecimientos por caminos nuevos. No sueña con imposibles, no espera ocasiones mágicas: su regla es siempre apañárselas con lo que se tenga. El motor del mundo es el que es, va a la velocidad que va, y caben dentro los que caben. Pero se puede tunear.