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Nociones Comunes. Experiencias y ensayos entre investigación y militancia

Nociones Comunes. Experiencias y ensayos entre investigación y militancia

A lo largo de la historia contemporánea, es posible rastrear, en los movimientos de transformación, un persistente recelo hacia determinadas formas de producción y transmisión del saber. Por un lado, recelo de las ciencias que ayudaban a una mejor organización del mando y de la explotación y recelo de los mecanismos de captura de los saberes menores (subterráneos, fermentados entre malestares e insubordinaciones, alimentados por procesos de cooperación social autónoma o en rebeldía)1 por parte de las agencias encargadas de garantizar la gobernabilidad. Por otro lado, también, en muchos casos, recelo de las formas ideológicas e icónicas del saber supuestamente «revolucionario» y recelo de las posibles derivas intelectualistas e idealistas de saberes en principio nacidos en el seno de los propios movimientos. Este recelo ha llevado en ocasiones a la impotencia; en los procesos más vivos y dinámicos de lucha y autoorganización, ha sido un acicate para producir conocimientos, lenguajes e imágenes propios, a través de procedimientos también propios de articulación entre teoría y praxis, partiendo de la realidad concreta, procediendo de lo simple a lo complejo, de lo concreto a lo abstracto, con el objeto de ir creando un horizonte teórico adecuado y operativo, muy pegado a la superficie de la vida, donde la simplicidad y concreción de los elementos de los que se ha partido adquieren significado y potencia.

Hoy, en los albores del tercer milenio, cuando la realidad de nuestras madres y abuelos parece haber estallado (con la derrota de los movimientos antisistémicos del periodo posterior a 1968, el fin del mundo de Yalta, el eclipse del espacio geopolítico del Tercer Mundo, la desaparición del sujeto «movimiento obrero», la destitución del paradigma industrial, la innovación informática y tecnológica, la automatización, desterritorialización y reorganización productivas, la financiarización y globalización de la economía, la afirmación de una forma-Estado basada en la guerra como vector de producción normativa…) y cuando lo único que se mantiene constante es el propio cambio, cambio vertiginoso, la necesidad de deshacerse de fetiches y bagajes ideológicos, demasiado preocupados por el Ser y la esencia, y de construir, desde las dinámicas de autoorganización social, mapas operativos, cartografías en proceso, para poder intervenir en lo real, y acaso transformarlo, se hace aún más acuciante. Mapas para orientarnos y movernos sobre un paisaje de relaciones y dispositivos de dominación en acelerada mutación. Pero también mapas que nos ayuden a situarnos en ese paisaje hipersegmentado, a definir un punto de partida y de decantación, un lugar donde producción de conocimiento y producción de subjetividad converjan en la construcción de lo común, sacudiendo lo real.

Esta necesidad se ve acentuada, más si cabe, por la centralidad que el conocimiento y toda una serie de facultades humanas genéricas (lenguaje, afectos, comunicatividad, capacidades de relación, juego y cooperación…) han adquirido en la determinación del valor económico de cualquier empresa y, en términos más generales, en la competición en la jerarquía económica global, convirtiéndose en resortes estratégicos –desde el punto de vista capitalista– de la producción de beneficio y en interfaz de una economía flexible, deslocalizada y en red.

[...] En relación con todo ello (en ningún caso como consecuencia unívoca, directa, pero sí en compleja y paradójica relación), se registra dentro de las redes sociales que persiguen transformar el estado de cosas presente (y dentro de una composición social que ya es, de por sí, virtuosa, que está obligada a serlo para sobrevivir en el alambre) una peculiar proliferación de experimentaciones y búsquedas entre el pensamiento, la acción y la enunciación: iniciativas que se preguntan cómo romper con los filtros ideológicos y los marcos heredados, cómo producir conocimiento que beba directamente del análisis concreto del territorio de vida y cooperación y de las experiencias de malestar y rebeldía, cómo poner a funcionar este conocimiento para la transformación social, cómo hacer operativos los saberes que ya circulan por las propias redes, cómo potenciarlos y articularlos con la práctica… en definitiva, cómo sustraer nuestras capacidades mentales, nuestro intelecto, de las dinámicas de trabajo, de producción de beneficio y/o gobernabilidad, y aliarlas con la acción colectiva (subversiva, transformadora), encaminándolas al encuentro con el acontecimiento creativo.

Ciertamente, estas preguntas no son nuevas, aunque el contexto en el que se plantean sí que lo sea, y, de hecho, muchas de las experiencias que se las hacen han echado la vista atrás, en busca de referencias en el pasado en las que la producción de saber estuviera ligada de manera inmediata y fructífera con procesos de autoorganización y dinámicas de lucha. En este sentido, es posible identificar en la historia reciente cuatro grandes filones de inspiración: la encuesta y la coinvestigación obreras, los grupos de autoconciencia de mujeres y la epistemología feminista, el análisis institucional y, por último, la Investigación Acción Participante o IAP. Todos ellos merecen, por su riqueza e interés, un breve repaso, a modo de excursus histórico que permita situar la discusión y las trayectorias actuales de investigación militante e investigación-acción. Dedicaremos a ello buena parte de este prólogo.

[Este artículo constituye el prólogo de un libro sobre investigación militante publicado bajo el mismo título por la editorial Traficantes de sueños en 2004. El volumen es el resultado de un diálogo multicanal entablado con diferentes grupos e individuos que, entre las décadas de 1990 y 2000, estaban ensayando formas de producción de conocimiento comprometidas y arraigadas en movimientos de transformación.]

Aquí puedes leer el prólogo completo y aquí puedes descargarte el libro.