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Nuestros ancestros

… pasaron por aquí y se nos quedaron en la piel…

Los superhéroes de barrio

Posted by on Aug 1, 2001 in Quiénes Somos | Comments Off

Los superhéroes de barrio

La vida en algunos barrios no es igual que la vida en otros. Funcionan como un imán, que atrae problemas y más problemas, que se enlazan y van tejiendo una vida llena de dificultades… Estos barrios están lejos, cuesta llegar hasta ellos y también cuesta salir. El coste de la vida te atrapa dentro. La igualdad es un chiste que enciende la rabia.

En estos barrios habitan los superhéroes de barrio. Los superhéroes de barrio, al contrario de otros superhéroes, no vuelan, sino que se quedan. Mientras muchos de los que viven con ellos solo desean salir de estos barrios, el principal poder de los superhéroes consiste en echar raíces de hormigón, como los bloques altos de infinitas ventanas que tapan el cielo.

Los superhéroes de barrio eligen quedarse, porque apuestan por aquellos por los que nadie da nada. Y lo hacen de verdad: poniéndose de su lado, sin apenas vacilar. Sin agarrarse a esas tablas de salvación que lanzan los de arriba y que toman la forma de policía, mano dura, términos técnicos para referirse a la vida o talleres sobre el riesgo… La apuesta de los superhéroes de barrio se compone de paciencia, imaginación, disponibilidad y compromiso. Por cierto, los superhéroes de barrio tienen nombres normales: pueden llamarse Geli, Cristina, Álvaro, Javi, Pepa, Juani…

La maestra ignorante

Posted by on Aug 1, 2001 in Quiénes Somos | Comments Off

La maestra ignorante

La maestra ignorante quería ser maestra porque quería aprender. Pero eso no lo supo hasta mucho tiempo más tarde. Antes pasó años sumergida entre libros, profesores y congresos, dando clases con miedos por no manejar el lenguaje impenetrable o las teorías académicas de moda. Se esforzó por entrenarse para estar a la altura.

Pero un día se dio cuenta que todo esto no eran más que envoltorios. Fue cuando cayó en sus manos un librito que contaba la historia de un profesor que fue capaz de enseñar en pocos meses francés a sus alumnos holandeses, sin hablar él una sola palabra de holandés. Demostraba que era posible enseñar lo que uno ignora si se es capaz de impulsar al otro a utilizar su propia inteligencia. Porque, en realidad, todas las inteligencias son iguales, independientemente del saber que se posea.

Los que piensan que saben más que otros es porque seguramente no han comprendido nada. La maestra ignorante quería enseñar sin transmitir conocimiento, sin valerse de envoltorios que sólo sirven para generar jerarquías. Quería enseñar a aprender. Y en el camino, aprender día a día de todos los que la acompañaban. Que ya no eran sus alumnos o los sujetos de sus investigaciones, sino otros tantos maestros. Iguales.

La tuneadora

Posted by on Aug 1, 2001 in Quiénes Somos | Comments Off

La tuneadora

Mirar de frente: un mundo. De espaldas, a lo lejos, otro. La distancia que media entre ambos se compone de desigualdad. Un abismo que recuerda a unos lo que no llegarán a ser, mientras que a otros les ahorra visiones incómodas, manteniéndolas a la distancia adecuada. Y eso a ella siempre le dolió.

Estar en el margen no es fácil. Es mujer contradictoria, fruto de la frontera, hecha de encrucijadas. Aunque también es cierto que siempre pudo cruzar de un lado a otro sin demasiados problemas, a diferencia de muchos de sus compañeros de juegos.

La tuneradora crece horizontalmente, su territorio no conoce vallas: se extiende allí hasta donde le llegue la fuerza. Pero no olvida sus raíces. No las olvida porque no quiere. Y porque duelen. Sabe que el futuro se juega en las fronteras y en las gentes fronterizas: sabe que la vida se crece en las fronteras.

Así que la tuneadora va y vuelve. Va, y siempre vuelve. Conecta territorios. Cada vez que la veo está cogiendo cosas, de aquí y de allá: ideas, tornillos, acontecimientos, trastos que la gente deshecha, palabras, engranajes…. los guarda en una caja de herramientas que heredó de su padre. Para algo habrán de servir, se dice siempre.

La tuneadora no para de hacer cosas, de experimentar, de recitar conjuros, de construir a partir de los restos que ha ido guardando, de abrir agujeros que se convierten en encuentros, de poner parches que luego desvíen la corriente de los acontecimientos por caminos nuevos. No sueña con imposibles, no espera ocasiones mágicas: su regla es siempre apañárselas con lo que se tenga. El motor del mundo es el que es, va a la velocidad que va, y caben dentro los que caben. Pero se puede tunear. 

La atrevida

Posted by on Jul 29, 2001 in Quiénes Somos | 0 comments

La atrevida

Cuando te dabas cuenta, ya llevaba por allí un buen rato, con su cuerpo huesudo y sus gestos suaves. Había incluso quienes no llegaban a percatarse de si estaba o no, hacía o deshacía. Debe ser porque nunca ocupaba el centro. Y no era por timidez o miedo al ridículo. De hecho, no era por nada en particular: sencillamente, los grandes focos que a todos atraían, a ella no le llamaban la atención en absoluto.

Andaba siempre de aquí para allá, trajinando sin parar, con éste y aquel, haciendo de los bordes, puntos múltiples de acción y afección. Era difícil seguirle la pista, sino fuera porque, en cada hacer, dejaba su huella indeleble: en el quicio entre el desastre y la improvisación, algo hermoso y singular emergía.

Nunca seguía la corriente: tenía lo que se dice ideas propias, o más bien empeños propios. Pero no del tipo que llevan a la terquedad o a la confrontación. La atrevida no necesitaba enfrentarse con nadie para defender sus intuiciones y búsquedas. Le bastaba con sostenerlas con una persistente fidelidad en la práctica.

Los que más la querían, que eran muchos, decían que habitaba más de un cuerpo. Y es que se tomaba muy en serio las alianzas: hasta el punto de vibrar y temblar con ellas. Por eso mismo, era de las que se quedaba.

El filosofastro

Posted by on Jul 29, 2001 in Quiénes Somos | 0 comments

El filosofastro

En el pueblo de su padre le llamaban el finoli, pero en realidad venía de uno de esos barrios de bloques de ladrillo a medio terminar. No se sabe cuándo se aficionó a la lectura, si el único libro que había en su casa servía para calzar la estantería de fornica y en el cole tiraba tizas desde la fila de atrás. El caso es que sin salir de Madrid, a los 25 ya hablaba siete lenguas con fluidez, devoraba libros comprados en la Cuesta de Moyano y había profundizado en casi todas las materias.

No se sabe cómo se corrió la voz, pero la fauna que le buscaba era de lo más variopinto de la ciudad: la gitana que había abandonado a su grupo familiar para juntarse con los okupas, el estudiante de doctorado que peleaba con una tesis imposible, el chaval arrabalero de la casa de enfrente, el profesor de filosofía aburrido de la mortecina dinámica universitaria… ¿Le buscaban para qué? Para charlar. Para pensar. El filosofastro sabía escuchar y luego devolverte tres o cuatro perlas que te colocaban en un lugar totalmente nuevo y mucho más productivo.

Como pasaba las 24 horas del día leyendo y conversando, estaban también los que le llamaban vago, indolente, improductivo, pero es que ¿cómo no envidiarle? Todo aquello era demasiado irreverente, un auténtico desafío a la gravedad. Sin un contexto familiar intelectualizado, sin una posición académica establecida, aquel chaval había conquistado un lugar propio desde el que hacer filosofía y compartirla con otros.

 

La niña zombie

Posted by on Jul 29, 2001 in Quiénes Somos | 0 comments

La niña zombie

La niña zombie viene de ese lugar donde todo parece bonito pero no pasa nada: ese no-pasar-nada consume el oxígeno, hace la atmósfera pesada, dificulta el respirar. Ese no-pasar-nada es lo que le dejó tan blanca la piel, casi traslúcida.

En realidad, la niña-zombie no siempre fue zombie. Nació en tiempos de revuelta y entonces era simplemente niña. Apenas caminaba y asistió a mítines y manifestaciones. Entre tacos de madera, escuchó acaloradas discusiones políticas. Aprendió a leer queriendo descifrar los carteles reivindicativos que llenaban las calles. Jugó con otros niños a la revolución y a la guerrilla. El tumulto era su hábitat.

Pero de pronto el tumulto calló y se instaló el silencio. Las imágenes de los yonkis en las calles. La llegada de la nada. A la niña, a su madre y a su hermano les desahuciaron del piso en el que vivían. Se marcharon a una casa en un barrio de cemento y vías de tren. Allí no había carteles reivindicativos, ni niños con los que jugar a la guerrilla, ni venían gentes a casa a discutir de política. Con la mudanza apareció en la casa la primera televisión en color. Y el frío. A la niña se le cayó toda la sangre: no se sabe bien si fue de golpe o de a poquitos, pero fue en aquel año del '85.

Pálida, empezó a buscar sangre en medio del desierto. Empezó a devorar libros escritos en otra época. Fue en los libros donde descubrió la pasión por el viaje. Y en la estación de al lado, el gusto por los trenes. Con otros niños-zombie, recorrió descampados, andenes, túneles, en busca de experiencias extremas y de buenos encuentros.

Subirse a un tren era subirse a una nueva aventura, una nueva historia. En sus venas, huecas, corría la sangre de cada encuentro y tantos encuentros tuvo la niña zombie, que la sangre le salía por los ojos. Al verla, esos ojos inyectados en sangre daban miedo: pero eran la prueba de la vida en un cuerpo nadeado.